• Hugo Vigray

A la sombra del naranjo


“Este es un relato de ficción impura, o mixta, oscilante

entre la realidad de la fábula y la fábula de la historia”

Augusto Roa Bastos. Vigilia del Almirante

“El pueblo ha comprendido que la República está

rodeada de enemigos que acechan y por ello

me ha nombrado a mí para disentir por él”.

Tito Chamorro. El Supremo Karai Francia

Segundo Premio Concurso de Cuentos Elena Ammatuna, año 2012

Las ejecuciones estaban anunciadas para la mañana. Pero, antes del amanecer, con la casa de gobierno todavía en penumbras, el vicario se entrevistó con el Supremo con la intención de mediar por la suerte de uno de los condenados. Le temblaban las manos y los labios, como cada vez que lo enfrentaba. “Vengo a rogarle –dijo–, que en honor a su antigua amistad con Petrona, escuche mi ruego”. Un sudor frío le bajó desde la nuca hasta la espalda cuando el Supremo -que no lo miraba-, hizo ademán de mirarlo al escuchar la palabra “amistad”.

El vicario arriesgaba demasiado. La intermediación lo exponía al carácter implacable del dictador. Sabía que la súplica que arrimaba, no era solo la de una madre atribulada, sino la de una esposa. Y no una esposa cualquiera. Era de la esposa de Juan José Machain, comerciante y capitán de miñones, tenaz opositor, que acaso por la conjuración de numerosos azares, se había casado con Petrona Zavala, la única mujer que el Supremo Dictador de la República había amado.

Afuera, la luz del día era aún balbuceante, tímida, pero bastante para diferenciarla de la noche. Mayo había alfombrado de diminutas magnolias de rocío las sábanas verdes del pasto y con abandonada mansedumbre caían algunas gotas de las copas de los árboles. Al fondo del barranco, lentos vahos otoñales se alzaban sobre la larga lengua del río, a esa hora serpenteando calmo y gris, arrastrando pequeñas islas oscuras de camalotes. Hacía frío. Pero el día se presagiaba luminoso.

Bajo el corredor de la casa de Gobierno caminaba de un lado a otro el Jefe de Plaza, quien dirigía los fusilamientos, aguardando se retire el vicario para pasar los últimos partes y recibir, acaso, una contraorden.

El naranjo esperaba cerca del barranco. Bajo su sombra se sucedieron ejecuciones ejemplares para todos aquellos que, a juicio del Dictador Supremo y conforme a la cultura de penalización imperante de aquellos años, eran enemigos de la patria. Como Machain.

José Gaspar Francia, el Supremo Dictador, tenía muy claro que el hombre que se casó con la única mujer que había hecho vulnerable su corazón, fue partícipe y mentor de la conspiración españolista que quería arrebatarle a la nación lo que por lucha y derechos le correspondía: su independencia.

-¿Me insinúa que conmute la pena de uno de los artífices del levantamiento de la conspiración del veintiuno?– preguntó, sin mirar al vicario.

El Supremo no abrigaba una sombra de dudas: el condenado era un conspirador de conspiradores y rey sin principados de la injuria. Y las injurias, reales o supuestas, no tenían perdón. A él le resultaba fácil descubrir a los conspiradores, con una metodología basada en un principio de Montaigne: “La conciencia hace que nos descubramos, que nos denunciemos o nos acusemos a nosotros mismos, y a falta de testigos declara contra nosotros”.

Sostenía que Machain era un reo de reiteradas conjuraciones contra el gobierno del pueblo, de un servilismo vergonzoso al difunto dominio europeo y a los demás enemigos del Estado. Por eso estaba preso desde hacía 14 años, engrillado y en un sótano. Desde hacía seis meses, cada atardecer, recibía el aviso de que al amanecer siguiente sería ejecutado.

El día verdadero había llegado.

El vicario contó con un dejo de melancolía, que osó en la intermediación por Petrona, confesando que la acongojada mujer le dijo que la tarea sería difícil. Que debía encarar a una mente sagaz y descollante como la del Supremo, desde hace tiempo convertido en la encarnación de Lucifer, “cuya soberbia lo había puesto a resguardo de los alcances de la clemencia y de la compasión”.

Cuando terminó la frase, sintió temor de que el Supremo sospechara que apelaba a pensamientos propios adjudicados a Petrona. Pero el Supremo permanecía duro y frío como el mármol. En su reverencia, casi arrodillado, el vicario lo miraba de soslayo: Temible, rígido bajo aquel tricornio, la bruñida trenza limpia caída sobre la negra capa de forro colorado, las medias blancas, los zapatos de charol con hebillas de oro trabados en los estribos de plata.

-Petrona y su familia son muy caros a mis afectos – sollozó, temeroso, el vicario.

Imaginaba que cada vez que pronunciaba el sonoro y rotundo nombre de Petrona, al Supremo le invadía un alboroto emocional que debía disimular, encubrir, camuflar bajo la rigidez de su autoridad determinante.

La conoció cuando ella apenas tenía 17 años. En un pleito por aparcerías con una tía de la joven anidaba el primer encono con su familia. Pero entonces, aquel abogado ilustrado, doctor en teología, egresado de la Universidad de Córdoba, estaba lejos de imaginar cuánto pesarían esa mujer y su recuerdo en las decisiones políticas que debía tomar años más tarde como dueño y señor del gobierno de la República.

Recordaba los detalles de un encuentro casual en las calles del mercado, cuando los dos buscaban la Gaceta Porteña con las noticias de la insurrección popular contra el Virrey Cisneros. Pero hasta ese momento, el respetable abogado del foro no había advertido la belleza de esta hija del teniente coronel José Antonio Zavala y Delgadillo, caballero de la orden de Montesa y fundador del Fuerte de Borbón, y de doña María Josefa Rodríguez Peña, aún más bella que la hija según se oía en la vecindad.

Petrona acumulaba dotes inmejorables de belleza, un carácter sólido, inteligencia y cultura. Imposible no posar los ojos en semejante criatura.

El abogado desenfundó la galantería que por aquel tiempo le era conocida y con reverencia histriónica dijo que primero las damas y dejó que el vendedor de las gacetas atendiera a Petrona. En un breve diálogo supo que ella solía pasar frente a su casa y que admiraba verlo a través de la ventana siempre leyendo en su biblioteca.

Desde entonces, solo alojaba buenos recuerdos. Como los de las visitas furtivas de la joven a su despacho para aprender francés, de cuando él le hablaba de su admiración por Napoleón, de las obras de Montaigne, de Voltaire, de Russeau y de sus afanes de generar una revolución que libertara a la patria de la opresión española, que de hecho lo encontraría a la cabeza poco tiempo más tarde.

Había llevado alguna vida licenciosa y tenía fama de mujeriego. Pero aquello era del pasado. Su interés insoslayable, era casarse con Petrona. Entonces llegó el momento de pedir la mano ante su padre… Allí, de golpe, culminan los buenos recuerdos. El caballero de la orden de Montesa le dijo que no, sin vueltas ni excusas de por medio. Fue una puñalada mortal.

Pero apenas un par de meses más adelante, don José Antonio Zavala y Delgadillo había de propinarle otras dos estocadas. Una de ellas al aceptar sin rodeos la propuesta de matrimonio que le hacía a Petrona el comerciante Juan José Machaín. Otra, cuando la madre, María Josefa, preguntara “qué diremos a José Gaspar a quien negamos la petición hace tan poco tiempo” y don Zavala y Delgadillo respondiera: “Qué me importa ese mulato”.

Mulato. Las dudas sobre el origen de su padre, José Engracia García Rodríguez Francia, que llegara al Paraguay con un grupo de brasileros prestos a dedicarse al cultivo del tabaco, nunca pudieron desembarazarse de la oprobiosa caracterización de mameluco paulista. Mulato.

¡Y además con Machain! En las ocasiones que habían cruzado palabras, la concepción de la patria los distanciaba. Machain era decididamente españolista y tachaba de peregrina la idea independentista que atesoraba José Gaspar. Él demostraría más tarde que la idea, lejos de ser peregrina, era posible y lo encontraría al frente de la revolución.

José Gaspar formaría por méritos propios la primera junta gubernativa que se hacía cargo de la patria independiente, y años más tarde, sería electo dictador temporal hasta erigirse, cuatro años luego, en dictador perpetuo. Para desgracia de sus propios compañeros revolucionarios y de los españolistas, como Machain.

Machain tendrá que sufrir viendo cómo emergía aquel abogado mulato como el incuestionable Supremo de su pueblo y conocerá de su ferocidad a la hora de demarcar los límites de la independencia y de combatir el delito en todas sus variantes.

Habían pasado muchos años desde entonces. Aquel día Machain sería ejecutado con cuatro descargas de fusilería sobre el cuerpo y un tiro de gracia en el rostro, como habían sido hasta entonces los fusilamientos. Nada de piedad. Los castigos debían ser ejemplares, aleccionadores, sin el menor atisbo de contemplación. El mismo día, correría igual suerte nada menos que un ex compañero libertador del Supremo: Vicente Ignacio Iturbe. Y si no había clemencia para un ex compañero de luchas, por qué habría para él.

La luz del día entraba ya resuelta y con carácter por la ventana de blancos cortinados de puntilla en crochet, e invadía el despacho del Supremo con el vicario hincado aún ante su imponente figura a manera de eterno ruego.

La negativa de conmutación parecía inviable. De modo que el vicario jugó la última carta, lanzó el último ruego: Que al menos el último disparo no sea en el rostro. Rogó que el último clamor sea contemplado, ya que los hijos del condenado eran tan pequeños cuando el padre cayó preso, que nunca le habían visto la cara.

-Piedad, excelencia, piedad – dijo el vicario.

Ahora sí el Supremo ladeo la cara y lo miró.

-Excelencia: Piedad – repitió el vicario. ¿Podría albergar de su parte alguna esperanza de clemencia para con el pedido de esta mujer? – insistió. Ya no pronunció el nombre de “esta mujer”. No tuvo las fuerzas para hacerlo con el Supremo mirándole a los ojos.

El tirano dejó escapar un breve suspiro, que el vicario interpretó como la mayor de las esperanzas pero no sonrió para no contrariar al suspirante. Lo miró fijo al Supremo en su estatura modesta que contrariaba la ferocidad de su cargo. Con la luz plena del día, su piel amarillenta por los achaques del hígado, le daban un semblante más pálido todavía.

Pero la firmeza de su mirada con esos grandes ojos vivos, la frente amplia y su rostro severo, no se compadecían del breve pero hondo y melancólico suspiro que el Supremo dejó oír al vicario.

-Lo pensaré- dijo. Y miró la puerta como toda invitación para que el vicario se marchara.

El cura salió presuroso sin mirar al Jefe de Plaza en el corredor. El sol estaba alto, resuelto. Al poner sus pies en la calle de tierra y corretear hacia lo de Petrona, escuchó que el Supremo gritaba: ¡Mendieta! Dominando su curiosidad, no volteó a mirar para ver al Jefe de Plaza ingresar al despacho.

-Ordene, excelencia – dijo el Jefe de Plaza.

-¿Quién va primero?

-Machaín, excelencia. ¿Alguna contraorden?

El Supremo se acercó a la ventana que daba a la calle, podía ver con claridad los preparativos a la sombra del naranjo, los soldados que a empellones traían a un hombre de ropas raídas y de caminar deforme por 14 años con los pies engrillados, al que con alguna ayuda sostenían de pie mientras lo amarraban con tientos, de espaldas al naranjo, la mirada fatigada pero fija hacia la casa de gobierno donde un hombre de tricornio y capa observaba desde una ventana.

Entonces, el Supremo regresó a los primeros años del ochocientos, la muchacha que compraba la gaceta porteña, la que a escondidas de sus padres aprendió francés en su despacho y se deleitaba con la elocuencia de aquel abogado, de lo bien que sonaban de sus labios carnosos decir “Montaigne” o “Voltaire”, pero entonces recordó también la palabra “mulato”, el casamiento con aquel conspirador de conspiradores, el que sostenía que la república independiente era un despropósito, el que encabezó el levantamiento españolista en 1821, un esbirro injurioso entre los injuriosos, el papagayo mayor de las bellaquerías, aquel hombre pusilánime que no quiso entender que él, el Supremo, debía gobernar para el bien y ejemplo de sus ciudadanos, los únicos a quienes se debía y que debía hacerlo con la ley de los hombres, él, el más ilustrado de los hombres de aquella antigua provincia, que estaba por encima del bien y del mal, asumiendo que las revoluciones terminan devorando a sus hijos bastardos y, entonces, con furia largo tiempo contenida miró a Mendieta para darle la orden final que acaso llevaba tiempo anidando en su corazón:

-Toda la descarga de fusilería, en pleno rostro, Mendieta. ¡En pleno rostro! – dijo.

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