• Hugo Vigray

¿Prohibido prohibir?


¿Dónde empieza y/o termina la privacidad? Una onda expansiva tras la explosiva información de la muerte de Lady Di. Mirada profunda, opiniones enfrentadas.

La noticia de la muerte de Lady Diana recorrió el mundo a la velocidad casi mágica que es posible hoy en esta era satelital. A una velocidad infinitamente superior a la que iba el lujoso Mercedes Benz (196 km/h según unos informes) dentro del cual terminó su vida, la del conductor y su novio, el magnate Dodi Al Fayed.

Una gran parte de la humanidad, para quienes elegir responsables la ligereza de opinión es su impronta, los principales culpables fueron los paparazzi, de quienes aparentemente huían los ocupantes del lujoso automóvil.

Con el luctuoso suceso, sobre la mesa del debate se instaló, al instante, el trabajo de esos cazadores de imágenes, casi siempre furtivas, a quienes no pocos denominaban “mercenarios de la prensa”: Los paparazzi. Al mismo tiempo, el debate se abre como un abanico y saltan los temas de la privacidad, la intimidad y sus límites, entre dos aristas que muchas veces se presta, en este como en otros casos, a opiniones subjetivas, aleatorias: lo ético y lo legal. La intimidad, la privacidad. ¿Dónde empiezan? O, lo que es más fácil enmarcar a la ley de las probabilidades, ¿dónde terminan?

Para Cristhian Torres, director del Diario Noticias, termina en los estrictos límites de la justicia penal, en los que dicen los códigos penales de cada país.

“Los únicos imites a la tarea de la prensa son los delitos que pueden ser denunciados a través de la justicia”, remata. Pero observa que los límites de la libertad están medio difusos “y la gente normal atropella”.

Tony Carmona, jefe de redacción de Última Hora, opina que la publicidad o la privacidad, dependen mucho de cada persona. “Meterse en la privacidad de una persona común es un atropello a la privacidad, pero si es una persona pública, que se exhibe públicamente de manera habitual, sabe que está expuesto a lo público. Más cuando se exhibe en exceso como es el caso de Diana, que ha sabido llamar la atención de la gente”.

Un concepto similar suma Néstor Isaurralde, director del Diario Popular, al señalar que “si son personajes célebres, sus vidas privadas terminan al salir de sus casas… Si vos usaste a la prensa para hacerte famoso, después aguántate lo que viene”

Juan Luis Cebrián, fundador y por muchos años director del diario madrileño El País, determina en su libro “Cartas de un periodista” que “…Otra circunstancia que, a mi parecer, delimita con bastante claridad la ausencia de privacidad de un hecho es el lugar donde se produzca. Si de acuerdo con la metáfora británica, la vida privada se circunscribe a lo que ocurre de las vallas de nuestro jardín hacia adentro, nuestra intimidad dejará de ser tal una vez que pasemos el umbral de la puerta y pisemos la calle (…) Tomar fotografías con teleobjetivo a una persona desnuda en su casa parece una invasión flagrante de su intimidad. Hacerlo en una playa, por solitaria que sea, cuando es un lugar público y no notado no puede merecer, a priori, la misma consideración”.

Cristhian Torres dice estar de acuerdo con él “como ser humano. Como periodista, no. Yo le haría fotos hasta dentro de la casa si tengo oportunidad… Yo soy partidario de que los casos en que la gente crea que la prensa los agredió, que nos denuncie ante los tribunales y vamos a dirimir allí”.

Para Tony Carmona, el concepto de Cebrián es lo que se maneja como pauta. “Normalmente la casa se respeta siempre, toda vez que no haya una razón informativa para seguirla”.

Es dentro de los amplios márgenes de este tema donde se desarrolla el trabajo de los paparazzi. Muchos de ellos invierten muchas horas de sueño y dinero, con la cámara a cuestas, tras una celebridad. Pero con frecuencia tienen buen premio: con un disparo de su cámara podrían obtener millones. Se informó, por ejemplo, que el fotógrafo que obtuvo las famosas fotos con la que se conoció el romance de Diana con Dodi Al Frayed, un mes antes del accidente, ganó por esas instantáneas nada menos que quinientos mil dólares.

Para Cristhian Torres, sin los paparazzi, no existirían los personajes famosos, ellos hacen los divos y divas del jet set internacional. “Si estos en algún momento resultan victimas de ellos, no tienen por qué quejarse. No estoy de acuerdo con quienes censuran su tarea”.

El jefe de redacción de Última Hora, tiene una visión diferente: “Creo que a la mayoría dentro de nuestra profesión, no nos gusta mucho el trabajo de los paparazzi, cómo trabajan, los procedimientos que utilizan y muchas veces, la forma en que manejan la información, que lo hacen de forma irrespetuosa para con la gente y hasta irresponsable a veces”.

Más allá de los juicios de valoración sobre su existencia, estos profesionales existen y seguirán existiendo porque, según Carmona, “existen personajes públicos que tratan de promocionarse usando los medios o revistas del corazón, medios del jet set o medios sensacionales”.

Torres amplía el concepto: “Hablando crudamente, este es el negocio de la prensa mundial, se crean estas figuras que interesan a los lectores, que venden ejemplares, entonces se tiene que andar detrás de ellos. Esta es una cadena que no se puede interrumpir. Nadie va a pagar ni un peso por una foto que no interese a los lectores”.

Por consiguiente, se forma una pirámide mercado-medio-paparazzi. No hay que pensar mucho para concluir que es la existencia del primer valor, el mercado, el que determina en este juego, la importancia de los otros dos. Néstor Insaurralde rubrica esta idea al decir que los paparazzi existen porque la gente es chismosa. “Le encanta enterarse de la vida ajena. Hay una fascinación por lo que hacen los famosos. Y, por supuesto, los paparazzi existen porque es un buen negocio que la gente sea morbosa. En todo el mundo, las denominadas “revistas del corazón” son las únicas que suben ventas”.

Con ese criterio, ¿es posible pensar que en el Paraguay pueda resultar un negocio del tipo que generan paparazzi? “¡Pero cómo no puede andar!”, se adelanta el director de Popular.

Pero Tony Carmona entiende que, a pesar que el negocio de este tipo funcionaria en cualquier parte donde haya un personaje digno de comentarse, “aquí todavía hay cuidado con la vida privada de la gente, creo que somos incluso pacatos en ese sentido y me parece bien que así sea”.

Con todo, la discusión sobre la privacidad y sus límites tendrá vida por mucho tiempo. En Inglaterra, como consecuencia de lo ocurrido con la princesa Diana, se habló inmediatamente de la necesidad de regular en términos legales la función del tipo de prensa que hacen los paparazzi. Y es casi un hecho que ello pueda tener una onda expansiva. Para los consultados en esta nota, eso sería un punto negativo. Cristhian Torres dice que es total y absolutamente opuesto a cualquier ley que reglamente a la prensa, “Porque se prestan a interpretaciones, arbitrariedades, a cercenar la libertad de prensa”.

Néstor Insaurralde, al mismo tiempo, se alarma ante la idea que del tema pueda extenderse hasta Paraguay. “Espero que no. Sería muy lamentable. Ya suficiente tuvimos con el invento de (Oscar) Paciello de pretender prohibir por Constitución el uso de caricaturas en los medios…”.

Nota publicada en octubre de 1997 en la Revista Cartelera, tras la muerte de Lady Diana y la discusión que trajo el hecho con el trabajo de los paparazzi.

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