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Una vida inspiradora

(Texto de introducción al libro "Memorias de la gloria. Mi vida", de Osvaldo Domínguez Dibb, que tuve la fortuna de acompañar como editor. Fue lanzado el 5 de agosto de 2020)


Hugo Vigray


«Yo me había propuesto ganar un campeonato. Pero llegué más lejos, mucho más lejos». La frase es pronunciada con calma. No suena a autoelogio ni tiene aires de soberbia. El tono es sereno, reflexivo. Evoca recuerdos. Hay en la frase un inequívoco aire de nostalgia de quien vivió una vida plena y supo codearse con el éxito, con el triunfo, con la gloria.

Estamos en el hall que da al patio de su chalet en la Parada 9 de La Mansa, en Punta del Este, Uruguay. Desde los árboles del patio nos llegan diversos trinos de pájaros que le dan un aire de melancolía a la reflexión de este hombre que convirtió aquel modesto sueño de un campeonato, en el palmarés más alto que ningún otro dirigente del fútbol paraguayo tuvo y que, difícilmente, pueda tener.

Un palmarés de 15 campeonatos de honor absolutos y siete campeonatos internacionales, incluyendo tres Copa Libertadores de América y una Copa Intercontinental, que la FIFA reconoce con el poco modesto título de Campeón del Mundo.

Osvaldo Domínguez Dibb está vestido de entrecasa, con un short negro y una remera de color rojo. El respaldo de su sillón está cubierto por una campera deportiva negra que, para los cambiantes climas de este enero del 2019, en Punta del Este, puede ser necesaria en cualquier momento. Ha llovido la noche anterior y aunque a estas horas el sol se deja intuir generoso para lo que resta del día, más temprano estuvo refrescando.

En la campera, a la altura del pecho, reina la insignia del Club Olimpia, el club por el que este hombre de 79 años ha dado los mejores años de su vida y que, con su conducción, ha logrado el mayor renombre para el Paraguay en el mundo del fútbol. Él lo explica con una frase tan clara como bella y que define el aire romántico con que encaró su dirección a lo largo de dos periodos que completan unos robustos y fructíferos veinticinco años: «Olimpia es la novia a la que entregué mi vida». A esos veinticinco años como presidente, hay que sumarle trece años previos durante los cuales fue estrella de su equipo campeón de baloncesto, así como técnico de los equipos femenino y masculino de ese deporte en el mismo club. En total, treinta y ocho años de entrega a la franja negra.

Don Osvaldo, ODD, el Tigre o el Rata, como se prefiera. De cualquiera de estas maneras se lo conoce en Paraguay y en gran parte del mundo. Hijo de Julio Domínguez –hijo a su vez de una familia de inmigrantes sirios que huían de los conflictos de origen religioso que ya sacudían por entonces a los países árabes–, y de doña Emilia –ciudadana argentina, también de origen árabe–, está asociado a una historia de glorias deportivas, empresariales y familiares.

Su padre fue presidente del Club Sirio. No le gustaba el fútbol por considerarlo “cosa de vagos”. Lo que no impidió que sus hijos fueran amantes del fútbol y llegaran a ser dirigentes principales de instituciones ligadas al fútbol. Humberto Domínguez Dibb fue presidente del Olimpia y luego presidente de la entonces Liga Paraguaya del Fútbol. A él se le debe la denominación del viejo Estadio de Sajonia como Estadio de los Defensores del Chaco.

Mientras se recupera de un cuadro complicado de salud que lo tuvo internado por varios días en Buenos Aires, Osvaldo ha tomado una gran decisión en su vida. Ha decidido narrarla, compartir con la gente sus vivencias, la fuerza de la fe que lo llevó a lo más alto del podio de los triunfadores, recordar los entresijos, los obstáculos, sus aciertos y sus errores, las enormes dificultades que hubo que sortear para conquistar la gloria.

Nos conduce a revivir el fruto de sus deseos, de su disciplina, de su garra, y de su altísima capacidad de trabajo para aplicar su filosofía de que, para conocer nuevos horizontes, hay que tener el valor de perder de vista la playa.

Una vida caminada con la convicción de los objetivos propuestos pero que, como se verá, ha tenido también la complicidad del azar y de la magia de lo fortuito, que ayudaron a forjar el sendero para vencer los obstáculos y llegar a lo más alto.

Osvaldo Domínguez Dibb es uno de los pocos hombres en el mundo que en vida ya ocupa un lugar en la historia, y, al mismo tiempo, supo construir una personalidad que ya es leyenda. En estas páginas, nos cuenta qué hay detrás del mito, qué ocultan los muros de esa leyenda. A través de su propia voz, como también la de sus amigos y de sus familiares, sabremos que no fue fácil.

Desnuda su corazón a través de los recuerdos y relata que, detrás del tigre, hubo un niño que tuvo una infancia bien desde abajo, dura, pobre, sufrida, laboriosa, pero en armonía con la felicidad genuina y única que genera ser de barrio, jugando al fútbol con pelota de trapo porque con la de cuero no había cómo ni con qué; en los alrededores de la escalinata primero, y al básquetbol, más tarde, en un club del bajo, con pista de tierra y que como todo vestuario tenía a la imponente bahía de Asunción para las duchas.

Nos lleva de la mano para recordar al niño que, a los once años, se las ingenió para ser aguatero del equipo superior del Olimpia en los partidos dominicales del estadio, llevando agua en aquellas bolsas de goma para el futbolista que caía al piso tras un golpe, mientras él mismo soñaba con ser futbolista. «De aguatero a presidente», dice hoy con picardía arropada de nostalgias.

Nos sorprende con algunos detalles de su sueño de ser futbolista antes de ser basquetbolista profesional, que se postuló para jugar en las inferiores de Libertad y en Sol de América, y que llegó a practicar nada menos que con el equipo archirrival del Olimpia, el Club Cerro Porteño.

En paralelo a su relato en primera persona, hablan su esposa, sus hijos, y varios de quienes caminaron a su lado en su largo trayecto. También hablan los archivos: centenares de páginas de diarios consultadas, una tarea que fue necesaria para contrastar datos o sostener determinados detalles que se empecinaban en caerse al suelo por caprichos de la memoria, y sobre todo para documentar la historia.

Con todo, este no es un libro de estadísticas. Tampoco es un libro de historia, sino la historia de un hombre que hizo historia. Es su memoria, lo que él quiso recordar, porque como dice Gabriel García Márquez «la vida no es la que uno vivió, sino la que recuerda y cómo la recuerda para contarla». En ese ejercicio, aquí se privilegió lo que el propio Osvaldo consideró necesario compartir con la gente, entre quienes supo tener tanto admiradores como detractores, pero ninguno insensible a la contundencia de sus logros.



Si hay una palabra clave que defina la historia de Osvaldo Domínguez Dibb, es «convicción». Eso fue lo que él transmitió. Y fue también el atributo que más le costó hacer llegar, tanto a sus compañeros directivos como al plantel de jugadores, en los años en que empezó el camino hacia la gloria. Lograr que todos en su plantel dirigencial y de futbolistas hablaran el mismo idioma, persiguieran los mismos objetivos, lucharan por los mismos sueños, fue una lucha aparte.

Pero llegó. Fue primero Campeón de América y luego Campeón del Mundo. Le costó muchos sinsabores. Incluso que su compadre y amigo, Alberto J. Armando, el mítico presidente del Boca Juniors argentino, nunca más le hablara después de que el Olimpia le ganara en aquella mítica final de la Copa Libertadores en julio de 1979, cuando Boca pretendía la tercera Libertadores bajo su presidencia. Y eso que Osvaldo y su esposa, Peggy Wilson Smith, fueron padrinos del segundo matrimonio de Armando y este, padrino de Emilio, el último hijo del matrimonio Domínguez.

¿Qué hubiera sido de la historia del Olimpia si ciertos azares no hubieran intercedido para torcer el destino hacia lo que es hoy su historia y la del propio Osvaldo Domínguez Dibb?

Metódico, exigente, corajudo, arremetedor, obsesivo. Una vida inspiradora. Un hombre de firmes convicciones que ha logrado transmitir la filosofía de que con el trabajo insistente, con el esfuerzo permanente, la planificación, el orden y la comunión grupal, se pueden obtener éxitos antes insospechados y que para ello las cosas materiales, como los recursos financieros, si bien son partes indispensables del engranaje, no lo son todo, porque lo que se necesita es querer y creer, tener fe en lo que se hace, dado que el camino de la gloria está enripiado de esfuerzo.

Porque, lo dice, repite y asegura, “la gloria no tiene precio".


Video promocional del lanzamiento virtual realizado el 5 de agosto de 2020, por el 80 cumpleaños del dirigente franjeado.

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